Sobre políticas de género y otras hierbas
Me desayunaba yo esta mañana con un tweet de Pérez-Reverte que decía lo siguiente:
Patente de corso: Urbanismo de género (y génera) bit.ly/zMpwZm
— Arturo Pérez-Reverte (@perezreverte) February 6, 2012
Festival del humor, ya ven. Se burla uno de las políticas de género —del urbanismo de género, en este caso, porque el término sugiere a determinadas personas que van a pintar las aceras de rosa— y queda la mar de bien con sus amigotes en la barra del bar si uno no tiene smartphone o en Twitter, si uno es Pérez-Reverte, a cuenta de esas feministas tontas y repipis. Y marisabidillas.
Pero es que resulta que el urbanismo es una parte importante de la política: son los concejales de Urbanismo en pueblos y ciudades quienes deciden dónde irá un colegio, por dónde pasará el transporte público, qué calles se mantienen más arregladas, en qué zona se potenciará el comercio, dónde se habilitarán locales municipales para que los usen las asociaciones de vecinos del pueblo. Y entonces ya no parece tanta tontería que de repente alguien se pare a pensar y diga: "¡ey! A lo mejor habría que hacer las ciudades pensando también en ese 52% de la humanidad que son las mujeres y no solo los hombres".
Pero algunos, sumidos en ese machismo cavernario que no se quita ni poniéndose medallas como reportero de guerra, ni con unos añitos en la universidad, ni con viajar a Ámsterdan a los veinte años para emporrarse convenientemente con los colegas, siguen pensando en lo más profundo de su subconsciente que hacer las ciudades también para las mujeres supondría doblar el tamaño de las plazas de aparcamiento en las calles y llenar los bajos de los edificios de escaparates con ropa ajustada, aunque detrás haya una fontanería o un garaje. A ellas les encanta pararse a mirar ropita.
Pues resulta que el urbanismo de género, que no propone hacer las ciudades solo para ellas, es algo muy diferente de todo eso. El urbanismo de género es tomarnos en cuenta también a nosotras.
Nosotras, las que trabajamos fuera de casa y luego pringamos el triple que los hombres en las faenas caseras. Como para perder tiempo en el autobús estamos las mujeres. Que sí, que si se ponen más autobuses se beneficia también a los hombres, pero es que el urbanismo de género no pide hacer las cosas solo pensando en ellas sino hacerlas pensando también en ellas.
Nosotras, las que llevamos a los niños al colegio como madres, abuelas y empleadas domésticas. Porque sería genial que las ciudades fueran lo suficientemente seguras como para que los niños volvieran a ir solos al colegio. Que sí, que hay padres que también llevan a sus niños al cole e incluso niños que van solos, pero es que el urbanismo de género no pide hacer las cosas solo pensando en ellas sino hacerlas pensando también en ellas.
Nosotras, las que muchas veces renunciamos a nuestra hora de comida en el trabajo para comprar leche para mañana porque a él siempre se le olvida, o sencillamente pasa. El urbanismo de género contempla que los comercios vuelvan a estar en la ciudad y no fuera de ella en lejanos centros comerciales a los que se va en coche en fin de semana pero no resultan útiles para ese tipo de detalles de los que suelen ocuparse las mujeres en el día a día. Que sí, que esto además vendrá genial para toda esa gente —hombres y mujeres— que no tiene carnet de conducir y además hay padres que siempre están al tanto de la leche del desayuno y de que no se acabe el papel higiénico pero, mientras las encuestas del CIS y del INE sigan dando los datos que dan, esos hombres tan detallistas seguirán siendo minoría. Y el urbanismo de género no pide hacer las cosas solo pensando en ellas sino hacerlas pensando también en ellas.
Nosotras, finalmente, las que muchas veces renunciamos a trabajos mal pagados "porque total, se me iba el sueldo en la guardería". El urbanismo de género contempla la integración de guarderías públicas y espacios infantiles en el tejido urbano para que las mujeres puedan tener independencia económica y puedan realizarse fuera de casa. Y sí, una vez me contaron que un hombre en Cuenca aparcó su trabajo para cuidar de los churumbeles mientras su mujer iba a la oficina y por lo tanto esta medida también le beneficiaría a él, pero es que el urbanismo de género no pide hacer las cosas solo pensando en ellas sino hacerlas pensando también en ellas.
Presente y futuro
Habrá quien diga que el relato que acabo de hacer es insultante para las mujeres. Las retrato como a unas marujas siempre con los niños a cuestas. Bueno, pues este es el presente. La lavadora automática y las dos guerras mundiales han hecho más por liberar a las mujeres que la buena voluntad de sus compañeros. Y yo no me fío de la buena voluntad de quien me somete, igual que tampoco creo que negando la realidad se consiga nada interesante.
Así que, mientras les facilitamos la vida a las mujeres que en el presente ya están puteadas, hagamos algo concreto además de mantener absurdas discusiones semánticas para que ese "urbanismo de género" que se hace hoy deje de llamarse de género mañana porque facilite la vida tanto de hombres como de mujeres. Y ese algo de cara al futuro consiste en lo siguiente: bajas paternales largas, pagadas y obligatorias tanto para hombres como para mujeres. Nada de la dualidad que existe hoy en las bajas: quince diítas para uno de los cónyuges (todos sabemos quién, ¿verdad?) y cuatro meses para el otro. De eso nada, queridos hombres carpetovetónicos míos: vosotros cuatro meses a pringar en casita, a cambiar pañales y a limpiar mocos de niños. Compartiendo con ella la responsabilidad de cuidar a vuestro hijo. Y cuando se termine la baja, plaza de guardería pública y gratuita garantizada para tu hijo, sin los sorteos infames que hay ahora para dar a los padres el derecho de pagar al Estado por algo que en los países civilizados es gratuito.
Creo que un urbanismo como el que he pedido más arriba —que, en definitiva, aboga por ciudades más humanas— dejaría de ser "de género" en cuanto empezaran a notarse los efectos de las políticas laborales y de educación infantil que acabo de pedir en el párrafo anterior. Ese urbanismo "de género" crearía las condiciones necesarias para que políticas llevadas a cabo en otros ámbitos cambiaran la sociedad. La guerra del feminismo, que no es otra que la guerra de la igualdad, tiene que librarse en varios frentes simultáneos para ganarse. No podemos renunciar a uno de ellos —y menos a uno tan importante como la organización de los espacios en los que viven las mujeres— por chorradas del tipo "es que yo no lo quiero llamar de género". Pues llámalo del macramé y contribuye en algo a que las mujeres dejen de pringar como burras, anda.
Por cierto, yo soy la primera que se queja de atentados contra la economía del idioma como "compañeras y compañeros", pero me escama un poco que siempre se saquen las cuestiones semánticas en relación con el género o la identidad sexual y no con otras cosas. Nadie condena la utilización del término "racismo" porque haya señores blancos que también son discriminados por otros motivos. Se acepta que hay racismo y punto, nadie ha sacado a colación un supuesto "blanquismo" ejercido contra los señores blancos y adeptos al Real Madrid.









