Blanco y negro
17:30 del 30 de junio, aparcamientos de Carrefour de El Pinar, Las Rozas. Hora de la siesta. 34º a la sombra. Salgo de Carrefour con un carro que apenas lleva un par de bolsas con la compra del día, dispuesta a meterlas en el coche. En el carro llevo una moneda de un euro. Busco al negro con la mirada. No lo encuentro. Al final, cuando ya estoy metiendo las bolsas en el maletero, me lo encuentro. Él me saluda, "hola", me dice. "Hola", contesto yo. Siempre me ayuda a meter las bolsas en el coche con una sonrisa, lleve la carga que lleve. Yo siempre le doy el carro "para que se lo quede", el carro y la moneda que haya utilizado para cogerlo. Cincuenta céntimos, un euro, dos como mucho, por ayudarme en la operación de cambio de bolsas del carro al maletero.
Hubo un día allá por abril (supongo que todos conocéis el refrán) que llovía a mares. Todo el aparcamiento estaba encharcado y yo tenía el carro hasta los topes de comida y bebida para una fiesta que pensaba dar ese fin de semana. Llovía tanto que apenas podía ver pocos metros más allá de mi propia nariz. Y, entonces, surgió el negro de la nada, detrás de mí, dispuesto a ayudarme con las bolsas, como siempre. Bastaron los tres o cuatro minutos de su ayuda para que los dos nos empapásemos por completo. Sólo que yo al llegar a casa me cambiaría de ropa. Él, en cambio, continuaría su jornada laboral en pos de las monedas que la gente tuviera a bien darle en pago por sus servicios. Recuerdo que ese día le alargué un billete de cinco euros además de darle el carro. Y que, mientras conducía hacia mi casa, pensaba en su situación, en qué habría que hacer para solucionarla, pero que luego olvidé todo eso durante la fiesta. Al fin y al cabo, yo no soy ilegal, tampoco voy a preocuparme de las cuitas de todo el mundo cada día, bastante tengo con lo mío.
El negro nunca ha pedido limosna. Él te ayuda a descargar la compra en el coche, lleva el carro a su sitio para que puedas marcharte antes, lo que haga falta. Él presta un servicio público. Sin un salario, sin una cotización a la seguridad social, sin nada. Sin que nadie se preocupe de saber cómo se llama. Yo misma lo llamo negro porque ignoro su nombre y el color de su piel es lo más llamativo en él, igual que ignoro el país del que vendrá y la historia personal que llevará a sus espaldas. Mentiría si dijera que me he preocupado de conocerlo. El negro y yo convivimos por cortos periodos de tiempo, aunque pernoctamos en mundos distintos.
Mi piel es de color claro; la suya, de color chocolate. Él va caminando a todas partes; yo sólo camino cuando me apetece, porque para ir a Carrefour y a otros sitios que están a trasmano tengo coche. A él lo consideran ilegal porque no tiene papeles; yo tengo un DNI español que obtuve sólo naciendo. Si algún día caigo enferma, la seguridad social me pagará un subsidio; él, en cambio, no tiene donde caerse muerto.
Esta tarde, como comenzaba diciendo, el negro salió a mi encuentro como de costumbre, para ayudarme a meter las bolsas en el coche. Esta vez la compra era poca y para cuando apareció ya lo había cargado todo. Aun así, le di el carro para mi comodidad y su ínfimo lucro, me despedí de él como siempre y me metí en el coche.
En ese momento vi a dos guardas de seguridad (no uno, sino dos) acercándose hacia él con gesto amenazador. Me quedé en el coche sentada observándolos. Dos hombres blancos con porra, esposas y un sueldo a fin de mes rodeando a menos de un metro a un negro solo, desarmado y pobre. ¿Qué había hecho él? ¿Es que acaso alguna vez había robado o había agredido a alguien? A mí me había ayudado muchas veces. Había tenido oportunidades para robarme, para coger el bolso del coche y salir corriendo y no lo había hecho, más bien al contrario, me había prestado un servicio espléndido. ¿Por qué lo rodeaban entonces dos hombres armados a escasos centímetros de él, sin darle libertad de movimientos, dificultándome a mí además las maniobras para sacar el coche del aparcamiento? Entonces se me encendió una lucecita en la cabeza: no podía pedir a los guardas que dejaran de acosarle; se consideraban en su derecho y podía buscarme una bronca. Pero sí podía pedirles que se apartaran de mi camino. Yo era una sacrosanta cliente de Carrefour, ellos estaban a mi servicio. Yo era blanca y española como ellos. Así que me bajé del coche y me dirigí al grupo de los dos blancos y el negro.
—Por favor, me estáis impidiendo salir del aparcamiento. Alejaos de aquí y de paso dejadle a él tranquilo.
—No, si él está muy tranquilo —dijeron ambos pseudopolicías, mientras se alejaban de él para calmarme a mí, la sacrosanta cliente blanca. Ignoro si lo dejaron en paz el resto de la tarde, pero puedo decir que, por una vez, ayudé al negro cuando él lo necesitaba. Aunque sigo sin conocer su nombre y el pasado que lleva a cuestas. La próxima vez pienso preguntárselo, pero no creo que con eso logre equilibrar nuestra desigual relación de poderes.









